EL VALOR ADAPTATIVO DE LA ANSIEDAD
¿Continuamente, escuchamos hablar de la ansiedad como algo muy negativo, algo que es muy desagradable, que interfiere en nuestra vida cotidiana y nos genera malestar, e incluso como algo peligroso para la salud.
Se habla de los trastornos de ansiedad y de la forma de afrontarla, pero, ¿sabemos realmente lo que es la ansiedad?
La ansiedad es una reacción natural de alarma de los seres humanos y otros animales, que tiene por objeto un incremento de la activación fisiológica para ponernos en alerta ante posibles amenazas y movilizarnos hacia la acción para sortear dichas amenazas, algo que sin duda ha sido fundamental para la supervivencia de nuestra especie.
Los cambios corporales que tienen lugar durante un estado de ansiedad, como el aumento del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea, la elevación del tono muscular, el aumento del ritmo de la respiración, etc., sirven para llevar a cabo con más posibilidades de éxito una reacción de huida o ataque ante aquello que suponemos una amenaza. Estos cambios fisiológicos son naturales y como tales, no son en absoluto, perjudiciales para la salud. Además, una reacción de ansiedad no sólo se da en situaciones que consideramos vitales para nuestra supervivencia (por ejemplo, la ansiedad ante un animal peligroso evitaría acercarnos a él y protegernos), sino también en situaciones cotidianas: un ruido inesperado, pasos en una calle solitaria..., pueden producir de forma inmediata una reacción de ansiedad que prepara a las personas para la acción ante un posible peligro.
La ansiedad es un fenómeno que se da en todas las personas y que, bajo condiciones normales, mejora el rendimiento y la adaptación al medio social, laboral, o académico. Tiene la importante función de movilizarnos frente a situaciones amenazantes o preocupantes, de forma que hagamos lo necesario para evitar el riesgo o afrontarlo adecuadamente. Desde este punto de vista la ansiedad es algo sano y positivo que nos ayuda en la vida cotidiana, una emoción más, como la tristeza o la alegría. En realidad, una ansiedad moderada puede ayudarnos a mantenernos concentrados y afrontar los retos que tenemos por delante, por ejemplo, nos ayuda a estudiar si estamos frente a un examen, estar alerta ante una cita o una entrevista de trabajo, huir ante un incendio, etc.
Sin embargo, en las sociedades avanzadas modernas, esta característica innata del hombre se ha desarrollado de forma problemática, y muchas personas la viven como una emoción negativa y muy desagradable. La ansiedad patológica se vive como una sensación difusa de angustia o miedo, y deseo de huir, sin que quien lo sufre pueda identificar claramente el peligro o la causa de este sentimiento. Generalmente esto ocurre cuando el sistema de respuesta a la ansiedad se ve desbordado y funciona incorrectamente. Más concretamente, la ansiedad es desproporcionada con la situación e incluso, a veces, se presenta en ausencia de cualquier peligro ostensible. El sujeto se siente paralizado, con un sentimiento de indefensión y, en general, se produce un deterioro del funcionamiento cotidiano. Cuando la ansiedad se presenta en momentos inadecuados o es tan intensa y duradera que interfiere con las actividades normales de la persona, entonces se la considera como un trastorno. En estos casos, estamos ante reacciones de ansiedad sin un peligro real evidente, la ansiedad sería un síntoma de que algo en nuestro sistema psicológico no va bien (por ejemplo, la forma de interpretar determinadas situaciones o la tendencia general a preocuparnos fácilmente por todo), y nuestro organismo nos avisa. Por tanto, es un mecanismo de defensa del organismo tanto como lo es la fiebre en una gripe y por ello, no hay que eliminarla sino ajustar lo que la origina.
La ansiedad normal y proporcionada, así como sus manifestaciones, no puede ni deben eliminarse, dado que se trata de un mecanismo funcional y adaptativo. Se trata de saber convivir con la ansiedad, sin perder la operatividad.